Los primeros besos.
París. Y un ático que está a
punto de convertirse en una hoguera e incinerar a los dos cuerpos que se miran frente a frente en la penumbra.
Los besos largos.
Aquéllos en los que las bocas
se demoran y deleitan sintiendo el sabor de la saliva tibia de la otra boca.
Los besos lentos.
Sin urgencias, mordiendo suavemente
los labios, jugando, sintiendo la textura de la otra lengua, oliendo el aliento
de la otra boca, sintiendo su tibieza, lamiendo dientes, chocando lenguas.
Los besos tienen su tiempo, su
ritmo, su cadencia.
Sentir la respiración
entrecortada del otro. El cuerpo que se tensa como arco. El cuerpo propio y el de
la otra persona comienzan a latir, a hincharse, a mojarse, se embriagan en el
aroma del otro.
La desesperación dulce de la
anticipación. La anticipación...droga pura. La piel erizada, las pupilas
dilatadas, el cosquilleo íntimo, la humedad sospechada que más tarde será
sentida y confirmada.
Los sabores de la otra persona.
El atrevimiento que se torna certeza. Está sucediendo.
Las aletas de la nariz
abiertas, porque el aire no es suficiente. Los latidos en los oídos, propagados
como ondas al resto del cuerpo. La mano
que se desliza bajo la camisa, busca volúmenes, se cierra en la cintura y atrae.
El aliento en el oído, los escalofríos en la espalda, la lengua y la boca en el
lóbulo de la oreja. Las lamidas, tímidas
primero, osadas después, van siguiendo la curva del cuello. Y el cuerpo, que es
todo y es nada, es roca y es lava.
Los pechos se aprietan
entre sí, cada olor es un perfume cargado de deseo, cada humedad es un licor
afrodisiaco, cada roce la promesa del goce final. La tibieza de la piel, que de
tibia no tiene nada. Hierve la piel. Quema. Urge, interpela, exige, mientras los
gemidos alientan, guían, sabios.
Y el tiempo se detiene, y todo
se mueve en cámara lenta...
Todo...
Lento...
Y en el frio ambos cuerpos se
calientan, y en el calor de la noche de verano ambos cuerpos se queman, se
mojan, se acompasan, bailan, encajan, se aúnan, perfecto engranaje de dos máquinas
perfectas, se mueven como uno solo en un complemento que es unión y es deseo, y
jugos que son néctares, y néctares que son fuentes.
Y el frenesí comienza mientras
los cuerpos se acoplan sabiamente, los jugos se mezclan y se pegan, el cuerpo
deseado se abre, se ofrece y el cuerpo deseado penetra, invade, las caderas se
alzan, las espaldas se arquean, las manos recorren curvas y acarician la fuente
de la ofrenda, y la boca besa los senos que bailan, blancos y duros.
Todo está en su ADN ancestral, no
hay práctica, no hay ensayo, todo está ahí, con la sabiduría de milenios. Y la
bestia de dos espaldas puebla la tierra. Reyes y señores, nada los frena,
mandan sobre la creación. Nadie puede frenarlo, no hay manera. Eva y Adán antes
de la manzana, y nada más importa.
Los gemidos finales presagian
la explosión. Y lento. Y fuerte. Y suave, llega la marea, mientras las piernas
que abrazan para que no se derrame ni una gota.
Los últimos peldaños. Y de
repente, el esplendor. El espasmo que aprieta. Y la marea es tsunami.
El chorro blanco, viscoso,
ardiente, llenando de vida, buscando vida.
Y el resplandor, blanco,
enceguecedor.
Y la boca es un abismo.
El grito ahogado estalla en
las gargantas, gemido animal.
Y el cuerpo que parece a punto
de quebrarse, en un arco imposible.
La casa de la vida desborda y
baña a quien la ha inundado de devoción.
Perfecto.
Animado.
El olor acre y sensual del
sudor amado.
Los dedos temblorosos recorren
el cabello mojado del otro, asombrándose de estar vivos, allí, hoy, aún. Felices
y tristes de haber llegado a puerto.
Y los oídos, sordos,
estallados. Y los ojos, enormes, como si trataran de ver el paraíso que
vislumbraron por un instante. El secreto del universo en la punta de los dedos.
El amor en el sabor del néctar, en el perfume más intimo. Ahí, en ese instante
exacto en el que no existe nada ni nadie. Solo uno que serán dos nuevamente, para
volver a ser uno una vez , y otra... y otra, disfrutándose.
Perfecto, perfectos, así.
- Eres magnífica- dice
Hemingway – y sensual, voluptuosa, etérea. Y sabia, increíblemente sabia.
- Y tú eres formidable. Hace
mucho, mucho, que no podía ser yo, que simplemente ponía el cuerpo-, contesta
Dauphine con la voz aún estrangulada.
Hemingway la mira e internamente
bendice cada uno de los fuegos que ella aún ostenta en la cara, en el cuello,
en los hombros, los senos… Ama cada uno de esos fuegos, y cada uno de los néctares
que intuye al sur de los incendios, y cada uno de los perfumes que sospecha
desde la distancia que ahora los separa. Cada pequeña humanidad que le conoce.
Escribieron con los cuerpos todo
lo que está bien, y eso es más fuego que cualquier otra cosa. El Yin y el Yang. Dauphine es fuego, Hemingway es agua, humedad caliente. Y ambos acaban
de compartir el aire - el jadeo, la respiración, el gemido.
Y decide raptarla en ese mundo
pequeño en su ático en París. Decide adorarla y venerarla, hacerla su musa, su
diosa, la que lo hará respirar.
Pero ella no quiere pedestales
ni ofrendas.
Quiere intentar ver de qué está hecho el universo. Cada noche, empezando otra vez con el mundo. Adán y Eva cada vez que cae el sol.
Y Hemingway le ofrece su maremoto,
donde Dauphine diga, las veces que Dauphine diga. Sin nombres, sin cadenas, sin
miserias...en ese mundo nada importa.
Dauphine lo mira fijo mientras
habla, todavía le arden las mejillas y tiene la piel aún erizada. Hemingway
mira la curva de sus labios, y el arrebol en sus mejillas.
- Cuando desees empezar de
nuevo, bastará con que me mires y me sonrías con tus ojos entreabiertos. Mi
boca buscará por instinto tu piel arrebolada.
Ella lo mira y sonríe. Y entrecierra los ojos. Y en ese ático en París, aunque Hemingway acaba de derramarse en Dauphine, el engranaje perfecto arranca nuevamente cuando besa su vientre, mientras dentro de ella la vida aún bulle con destino incierto.
París, 1924.
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